Mandarines y políticos (La República)

Mandarines y políticos (La República)

En la China imperial los mandarines constituyeron una élite relativamente culta que cumplía, entre otras, funciones de consejeros y asesores del gobernante. El poder del mandarín depende de su capacidad de incidir en la dinámica del imperio. Se ha dicho, sin ponerlo en duda, que la tecnocracia colombiana ha sido excelente, y que la relativa estabilidad macroeconómica del país se le debe a las virtudes de la élite tecnocrática. Y este discurso favorable se refiere, principalmente, a los economistas. Habría que preguntarse, una y otra vez, qué es un buen tecnócrata en el discurso de hoy, un buen burócrata en la mirada weberiana, y un buen mandarín, en el lenguaje de la antigua China.

Se puede ser buen o mal tecnócrata porque se tiene incidencia en el gobierno. Y este es un punto de partida fundamental. La élite tecnocrática de Colombia ha tenido influencia, y el reconocimiento social de este hecho le ha dado poder. No quiere decir que los políticos acepten a ciegas los mensajes de la tecnocracia, pero sí los incorporan de alguna manera en su discurso. El político tiene el don misterioso del sincretismo, que le permite encontrar la forma de articular los distintos discursos en función de su conveniencia. El gobernante no puede desconocer los mensajes de la élite económica, así su intuición lo lleve a dudar de la bondad del discurso tecnocrático.

No existe ningún criterio objetivo para afirmar que la tecnocracia colombiana es buena o mala. Basta simplemente con dudar de su bondad intrínseca. Y la relación de causalidad entre el buen tecnocrática y la estabilidad macro no es posible determinarla porque las interacciones entre los fenómenos sociales son multicausales, y porque el mensaje tecnocrático sufre transformaciones profundas en el campo de la política. Independientemente de estas consideraciones complejas, sí hay hechos contundentes que permiten, por lo menos, dudar de la supuesta bondad de la tecnocracia colombiana.

Habría muchos interrogantes. Las tasa de crecimiento han sido muy mediocres. La concentración de la riqueza se ha acentuado. El censo agropecuario del 2014, comparado con los de 1960 y 1970, muestra que la concentración de la propiedad se ha agudizado de manera significativa. No se han sabido aprovechar las bonanzas. Después de un siglo de ver pasar el petróleo a borbotones, las condiciones de vida de los habitantes del Magdalena Medio son pésimas. La reciente bonanza se despilfarró. A medida que aumentaba el precio del petróleo y de los minerales el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos se acentuó. Pasó de -2,9% del PIB en el 2011 a -6,3% en el 2016. Y, entre tanto, aumentaba la importación de alimentos básicos. En 10 años pasó de 1 millón a 15 millones.

El país no cuenta con infraestructura. El transporte fluvial y el férreo se acabaron. Y todavía no hay carreteras. El Río Grande de La Magdalena se contamina. El recurso hídrico se ha perdido a ritmos escandalosos. Las declaraciones a favor de la ciencia y la tecnología no tienen expresiones en el presupuesto. El Ministro de Hacienda propone una regla fiscal con proyecciones que a los tres meses son desvirtuadas por los hechos, y su discurso no cambia, como si la realidad continuará enmarcada en sus proyecciones fantásticas.

Obviamente, la élite económica no es responsable de todos los males. Pero, por lo menos, el discurso sí podría ser un poco más humilde.

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