Ni un peso más de impuestos a los asalariados

Ni un peso más de impuestos a los asalariados

Por: Luis Carlos Reyes, Ph.D., profesor de Economía y director del Observatorio Fiscal (www.ofiscal.org) de la Universidad Javeriana.

Se viene una reforma tributaria. Puede que la ciudadanía no esté organizada para ella, pero los gremios empresariales sí que lo están. Capitalizando la percepción generada por varias campañas presidenciales –incluyendo la ganadora– de que los empresarios están agobiados por los impuestos, han propuesto que más asalariados contribuyan al fisco a través del impuesto de renta. Incluso –consideran los gremios– quienes ganan más de dos millones de pesos deben meterse la mano al bolsillo. ¿Tendrán razón? ¿Es verdad que los empresarios estén recibiendo tan mal trato por parte del Estado?

La respuesta no se puede explicar con eslóganes de izquierda ni de derecha, pero es sencilla. Brevemente, es la siguiente: sí, las empresas pagan un impuesto de renta alto, y las personas naturales no. Pero resulta que los dueños de las empresas son personas naturales que tributan unas cifras irrisorias, mientras que los asalariados que trabajan para ellos son personas naturales cuyas tasas efectivas de tributación son más altas que las de sus jefes. Pretender que la clase media pague más impuestos cuando el 0,001% más rico de la población no se está metiendo la mano al bolsillo no sólo es injusto: es inconstitucional.

Aunque suene a un tecnicismo jurídico inocuo, una buena política económica sería reducir la tributación de las empresas y aumentar los impuestos que se les cobran a los dueños de las empresas. Sucede que, actualmente, el Estado les cobra impuestos dos veces a las actividades empresariales: la primera es cuando la empresa (“persona jurídica”) paga los impuestos que le corresponden como tal, y la segunda es cuando la empresa reparte utilidades a sus accionistas, los cuales pagan impuestos sobre estos dividendos. La distinción es importante, porque lo mejor para la economía es que no se desincentiven las actividades de la empresa, tales como la inversión en tecnologías que hagan más eficiente la producción. Pero cuando se gravan las utilidades repartidas a los socios en vez de gravar directamente a las empresas, muchos de estos efectos negativos desaparecen.

Está de moda compararnos con los miembros de nuestro nuevo club, la OCDE, así que hagámoslo. En los países de la OCDE, las empresas contribuyen en impuestos, en promedio, el 2,8% del PIB, mientras que en Colombia contribuyen el 5%. Es decir, acá pagan bastante, y para alinearnos con la OCDE reducir la tributación de las empresas tiene sentido. Por otro lado, en Colombia las personas naturales pagan en impuestos (entre renta y seguridad social) el 3,7% del PIB, mientras que en la OCDE pagan el 17,4%.

Así que aumentar la tributación de las personas naturales tiene sentido, si suponemos que la OCDE es un modelo a seguir. ¿Pero qué personas naturales? La Constitución establece que la tributación debe ser progresiva, es decir, las personas de altos ingresos deben pagar tasas mayores que las de bajos ingresos. Y bajo este criterio, es macondiana la pretensión del gremio empresarial de que la clase media pague más: entre impuestos a la renta, a los dividendos, y contribuciones a la seguridad social, los 300 colombianos más ricos pagan alrededor del 5% de sus ingresos, mientras que un empleado formal paga, tan sólo en contribuciones a la seguridad social, el 8%. Y fácilmente llega a pagar el 15% (o más) si además paga impuesto de renta.

¿Tiene sentido reducir los impuestos a las empresas? Sí, quizá por un monto igual a unos dos puntos porcentuales del PIB, siempre y cuando la totalidad de la carga tributaria reducida se les traspase a las personas naturales de altos ingresos.

Pero ni un solo asalariado más debería pagar impuesto a la renta, hasta que los empresarios en su calidad de personas naturales paguen la contribución justa que les exige la Constitución. Y para eso hace falta bastante.

Tomado de: El Espectador

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