La estafa del ¡Bienvenidos al futuro!

La estafa del ¡Bienvenidos al futuro!

El 22 de febrero se cumplieron 28 años de la aprobación de la Apertura Económica, con el Conpes 2465 -llamado ‘Modernización de la economía’-, que sería implementado por el gobierno de César Gaviria junto a sus ministros Juan Manuel Santos, Ernesto Samper, Rudolf Hommes…y el gringo ahí.

La primera reunión de Gaviria el día de su posesión fue con el vicepresidente de Estados Unidos Dan Quayle, para recibir orientación sobre la política económica de George Bush para América Latina.

En los meses anteriores el gobierno de Barco había negociado un gigantesco crédito ‘Challenger’ por US$1.650 millones. El 7 de agosto de 1990 Gaviria pronunciaría su famosa frase ¡Bienvenidos al futuro! Ya estamos en este y, como era de esperarse, las promesas de gran diversificación en la oferta exportadora, una industria robusta y un agro desarrollado, no se cumplieron, porque la apertura fue en realidad más el producto de las exigencias de planes de ajuste, que algún esfuerzo real de modernización.

Las cifras no mienten. Desde 1991 hasta 2017, las importaciones crecieron más que las exportaciones, 9,7% contra 7,8% y por eso las pérdidas comerciales acumuladas para el país suman US$8.728 millones. El porcentaje del comercio total del país con relación al PIB es hoy (26,4%) más bajo que en 1991 (28,2%). Más preocupante aún, las exportaciones tradicionales que en 1991 eran el 49,3% de las totales, hoy son el 61,7%. Así, las ventas de manufacturas de alta tecnología son el 2% de las totales, ¡menos de la mitad que hace una década! Nada raro entonces que actualmente existen menos empresas exportadoras que cuando se implementó el modelo que iba a hacer que exportáramos más.

En términos productivos el país está peor que en 1990. Se habló de más industria y agro, pero en estos 28 años la industria pasó de ser el 21% del PIB a tan solo el 10,9% en la actualidad. Más grave es la situación del agro, que pesaba el 22,3% y hoy solo representa el 6,3% de la economía nacional.

A pesar de las pruebas, nada los hace corregir el rumbo. El exministro Rudolf Hommes comentó hace unos años que no habíamos podido entender “que el beneficio del comercio proviene más de importar que de exportar”. En un estudio que él elaboró en 2005, acabando de asesor del gobierno de Uribe Vélez, planteó el futuro de Colombia en los próximos 20 años. Otro fracaso.

En este se proyectó que la participación de las exportaciones en el PIB sería 34,7% pero no pasó de 14%. El crecimiento de la industria manufacturera sería de 7,37% promedio anual, y en estos 13 años creció solo 2%. El actual modelo debía haber logrado una participación de la industria de 24% del PIB y una menor dependencia de la minería. La realidad es que el crecimiento de los últimos años se soportó exclusivamente en el baloto de los recursos naturales y la especulación financiera, en detrimento de la verdadera creación de riqueza en la producción mercantil.

¿Por qué fracasó el modelo? Porque los supuestos de ajuste fiscal, privatización, desregulación y libre competencia, no funcionan en el mundo real. El profesor de Harvard, Dani Rodrik, lo manifiesta explicando que esas complicaciones se evitarían “si hubiera evidencia convincente de que, en la práctica, la liberalización comercial sistemáticamente produce un mejor desempeño económico”. Sencillamente no existe.

Solo los fundamentalistas del mercado y algunos pseudo académicos defienden seguir con el modelo. Ni siquiera lo hace César Gaviria, quien en 2006 afirmó: “reconozco mi cuota de culpa de haber creído que esos cambios económicos iban a generar crecimiento sostenido y mejoramiento de los indicadores de la desigualdad y la pobreza”.

Colombia va a completar tres décadas perdidas de desarrollo. La evidencia es tan contundente, que hasta el candidato presidencial del establecimiento prometió retóricamente la revisión de los TLC, principal eslabón del modelo económico sobre el que recae una buena parte de la responsabilidad de los 5.000 niños muertos por desnutrición en La Guajira, departamento controlado políticamente por su partido político.

La solución es obvia: no son quienes persistieron en el error los que van a cambiar su naturaleza. Son quienes los eligen los que deben propiciar su derrota.

Tomado de: Dinero

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