Esperanza endeudada

Esperanza endeudada

El año 2017 los colombianos cerramos con deudas por $565 billones, equivalentes al 62 % de todos los bienes y servicios producidos en ese mismo año. Nivel superior al 47 % observado durante la crisis hipotecaria que desembocó en el peor desempeño económico de la historia nacional en 1999. De esta deuda, $184 billones es de los hogares y $381 billones de las empresas.

Con el sector financiero, los colombianos tienen deudas por $432 billones, de los cuales $19 billones están vencidos por no pago. Elevado nivel que se respalda con un patrimonio de los establecimientos de crédito por $109 billones, donde se destacan el patrimonio de los bancos nacionales por $59,6 billones y el de los bancos extranjeros con $14 billones, mostrando sustancial reducción de sus utilidades en el último año, al tiempo que no están cumpliendo con los requerimientos técnicos de solvencia bancaria exigidos por el Acuerdo de Basilea III.

De cada $100 que tiene un hogar promedio como ingreso neto después de pagar impuestos, se destinaron $33 para pagar deudas, intereses y capital de cuotas hipotecarias, de vehículo y de tarjetas de crédito. El nivel más alto de la historia.

En el sector público, las cifras son igual de preocupantes: en deuda externa, el Gobierno nos tiene comprometidos con $140 billones, y en deuda interna, con $260 billones, que sumados equivalen al 44 % del valor total de la riqueza generada en un año por el país y ya empieza a ser castigado por las calificadoras de riesgo por vulnerar la ortodoxia fiscal.

Por si fuera poco, el ministro de Hacienda raspó la olla al descapitalizar irresponsablemente a Positiva Seguros, el Fondo Nacional del Ahorro, el Fondo de Pensiones Públicas de Nivel Nacional y el de Entidades Territoriales, en abierta violación de nuestra Constitución Nacional, que en su artículo 48 establece que los recursos de seguridad social no pueden destinarse con fines diferentes, como es el gasto en “mermelada”.

Esta insostenible estrategia de crecer al debe colapsó con el desplome de la renta petrolera y un crecimiento muy inferior al 3,5 % real anual que se necesita como mínimo, desdibujándose el ingreso permanente que hogares, empresas y Gobierno preveían. Cuando el papa Francisco pidió que no nos dejáramos robar la esperanza, no sabíamos que ya estaba empeñada por los mismos de siempre.

Tomado de: El Espectador

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