El hombre más de buenas, en el país más de malas

El hombre más de buenas, en el país más de malas

Una persona sin trayectoria, sin experiencia y cuyo recorrido profesional ha estado amarrado siempre a la política tradicional, estaría a punto de convertirse en el próximo presidente de Colombia. Iván Duque llegó al Senado de la República en una lista cerrada. Nadie votó por él, nadie sabía quién era. En el Senado realizó unos debates que se destacaron por tener sustento estadístico -digamos con rigurosidad académica, extraña en ese escenario- pero en la misma línea ideológica del uribismo; ni una pizca diferente.

Aparentemente el uribismo era la mayor oposición al gobierno de Santos, así que Duque conformó desde esa bancada alianzas en la lucha contra la privatización de Isagén, la misma empresa que su jefe intentó privatizar cuando fue presidente. También defendió profusamente la idea de que el Estado debe gastar menos, concepción rebatida desde la Red de Justicia Tributaria con los hechos ciertos de que el problema no es que el Estado colombiano gaste mucho, sino que es ineficiente. En las evaluaciones hechas por esta colectividad, se encontró que ese gasto fue tan ineficiente en el gobierno de Uribe como en el de Santos. La mermelada fluyó más en el de Uribe, porque tuvo la fortuna de tener más años de su gobierno con precios de petróleo alto. Ese fue todo el milagro de su gobierno, de ‘Colombia País Minero’, como lo llamó.

En las dos reformas tributarias recientes, durante las cuales Duque era senador, no hizo parte de las alianzas que se promovieron desde sectores sociales para oponerse al incremento de impuestos a los trabajadores y a las clases medias. Todo lo contrario, su aparente oposición se limitó a denunciar el derroche presupuestal de Santos, su antiguo mecenas convertido ahora en enemigo político por cuestiones electorales. En cambio, en la última reforma su bancada decidió ayudar a conformar el cuórum para que se pudiera aprobar, más allá de su voto negativo, que apenas quedará en una constancia histórica.

En lo que sí coincidieron – y mucho – fue en la naturaleza general del modelo económico. Recuerdo vivamente la respuesta de Duque cuando sectores empresariales y sindicales le pidieron luchar contra el TLC con Corea del Sur, la octava potencia industrial del planeta: —Hombre, Mario, usted sabe que yo soy un defensor del libre comercio, —me dijo, mientras las fábricas siguen cerrando por culpa de la competencia desleal en el marco de estos acuerdos. Nunca estuvo en la Coalición No TLC con Corea, no cuestionó el ingreso de Colombia a Alianza Pacífico, no se ha pronunciado por la ruina anunciada de la leche, la carne y el azúcar en el TLC con Nueva Zelanda, Australia y Singapur. Sorprendentemente, algunos gremios que posan como defensores de la producción nacional, como la SAC, ya anunciaron su apoyo a Duque.

Mucho se ha hablado de las preocupaciones justificadas de que Duque sea el puente para que Uribe se perpetúe en el poder. Las creo ciertas. A esto se debe sumar otro tema un poco inadvertido pero de igual relevancia: Duque, ¡la nueva generación!, defiende y representaría en Colombia las mismas tesis fallidas de la lucha del mercado contra el Estado, de la contratación público-privada en beneficio de señalados negociantes, de la defensa de la inversión extranjera, pero no la que le sirve al desarrollo sino la que esquilma a la Nación con las transnacionales mineroenergéticas, y de los malos negocios con otros países que arruinan a productores y trabajadores.

De esta forma, Duque podría convertirse en el hombre más de buenas, al que se le apareció la presidencia, como a Gaviria en 1990, en el país más de malas que cumpliría con él 30 años de desarrollo perdidos. Para probar esta afirmación, no olvide que con Duque está el partido Liberal de Gaviria y Samper, el partido Conservador de Pastrana y los partidos uribistas y santistas (según la conveniencia) de Benedetti, Roy, Lara, Musa, Ñoño, ´Kiko´ Gómez, etc, etc, etc.

Tomado de: Las 2 Orillas

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